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Lunes 12 de noviembre de 2018

Brasil: vuelco a la derecha

Gibbran Montero y Miguel Talavera*

Después de Colombia, Costa Rica, México y Paraguay, Brasil es el quinto y último país de América Latina en renovar a su titular del Poder Ejecutivo en 2018. Junto con la elección de presidente y vicepresidente, el 7 de octubre las y los brasileños eligieron a 54 de los 81 miembros del Senado (los otros 27 senadores que lo conforman habían sido renovados en 2014); a la totalidad de la Cámara de Diputados (513 escaños); a los titulares de las gubernaturas de los 26 estados brasileños y el distrito federal; así como a los legisladores de las Asambleas Legislativas locales (más de mil escaños).

Algunos datos relevantes

Brasil abarca una superficie de más de 8.5 millones de km2 (cuatro veces el tamaño de México) en la que habitan alrededor de 208 millones de personas. Tanto su extensión como el tamaño de su población son factores que complican la organización de elecciones, así como el desempeño de la economía y de la política en este país sudamericano.

Diversos indicadores muestran que Brasil transita por una situación económica crítica. Por ejemplo, en 2017 el PIB apenas alcanzó a crecer uno por ciento a tasa anual y en los dos años previos (2015-2016) decreció poco más de tres por ciento anualmente. El cambio de trayectoria en la economía brasileña es claro si comparamos con los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010) y Dilma Rousseff (2011-2014), cuando el PIB alcanzaba un crecimiento promedio anual mayor al tres por ciento.

En los últimos 15 años, los precios de la canasta básica han mantenido una acumulación anual de más de seis por ciento en promedio; sin embargo, entre 2014 y 2016 la inflación repuntó hasta casi ocho por ciento, con el pico más alto en 2015, cuando alcanzó 10.7. En 2017 el nivel de precios comenzó a dar signos de recuperación, al disminuir a tres por ciento a tasa anual.

Del total de la población, en 2016, 56.7 por ciento estaba ocupada y 11.3 por ciento de aquella en edad de trabajar no tenía un empleo. Asimismo, uno de cada cuatro jóvenes de hasta 29 años de edad no trabajaba ni estudiaba. En buena medida, el desempeño de estas variables mantiene a uno de cada cuatro brasileños en la pobreza.

Preparativos de la fiesta electoral

Para llegar a este proceso electoral, además de los elementos mencionados, hay que tener en mente un suceso de gran trascendencia para Brasil y para la región: la destitución de Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT), en agosto de 2016, cuando ejercía su segundo mandato tras haber sido reelegida en 2014. Después de cuatro mandatos consecutivos del PT, por primera vez gobernaría un partido distinto, al ser nombrado presidente Michel Temer, del Movimiento Democrático Brasileño (MDB).

Para esta ocasión, 13 partidos consiguieron el registro de sus candidatas y candidatos a la Presidencia y Vicepresidencia. Solo dos mujeres contendieron por la titularidad del Poder Ejecutivo (Vera Lúcia y Marina Silva) y cinco, por la Vicepresidencia; es decir, la presencia de mujeres en esta disputa fue solo 27 por ciento, contra 73 por ciento de varones contendientes.

La campaña comenzó el 16 de agosto, en un ambiente de incertidumbre y alta expectativa. Hubo dos características importantes en esta campaña: por un lado, la ausencia de financiamiento de empresas privadas, establecida por el Tribunal Superior Electoral (TSE) en 2015, tras algunos escándalos de corrupción y lavado de dinero; por otro lado, su menor duración (esta vez la campaña duró 52 días, diez menos que en 2014).

Las primeras horas de esta etapa estuvieron marcadas por el intento del PT de registrar a Lula da Silva como candidato presidencial, incluso estando sentenciado a más de una década en prisión por corrupción pasiva y lavado de dinero. El TSE pronto resolvió que su candidatura no procedía. Por lo tanto, el PT determinó que encabezara su fórmula presidencial el segundo de a bordo, Fernando Haddad.

Las encuestas previas a la campaña apuntaban que si Lula da Silva hubiese sido el candidato del PT, habría obtenido alrededor de 30 por ciento de la votación (insuficiente aún para ganar en primera vuelta), mientras que el segundo lugar lo ocuparía Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL). Sin embargo, cuando el candidato del PT cambió, el escenario de las encuestas se invirtió; comenzó a ser favorable en todo momento al ultraderechista Bolsonaro (con cerca de 30 por ciento), colocó en segundo lugar al discípulo de Lula
(20 por ciento) y en tercero a Ciro Gomes, del Partido Democrático Laborista (alrededor de diez por ciento).

Cabe destacar que las preferencias por Bolsonaro tuvieron un aumento considerable después del atentado que sufrió el 6 de septiembre, cuando fue apuñalado durante un acto público en Minas Gerais (primera vez que ocurre esto en una campaña presidencial en Brasil). A este lamentable ataque hay que sumar una serie de cuestionamientos y manifestaciones públicas en torno a polémicas declaraciones de este candidato, misógino, homofóbico y partidario de la tortura. De hecho, durante los días previos a la primera vuelta, un movimiento ciudadano en las calles y en redes sociales (encabezado principalmente por mujeres) llamaba a no votar por Bolsonaro, a través del hashtag #EleNão (“Él no”).

De las mujeres contendientes podríamos destacar la participación de Marina Silva, quien estuvo lejos de ganar a pesar de haber sido quien presentó propuestas menos extremistas que las de los dos punteros. En 2014 también había contendido por la Presidencia, solo que en aquella ocasión obtuvo el tercer lugar y ahora se quedó mucho más lejos.

En concreto, esta campaña estuvo marcada por numerosos escándalos y noticias falsas que fueron surgiendo cotidianamente; incluso, días antes de la elección se revelaron detalles de los casos de corrupción en el PT (partido de Lula da Silva y Rousseff), en torno a supuestas donaciones de empresas, que en realidad fueron sobornos.

Así, en medio de una intensa polarización, las y los brasileños llegaron a la jornada electoral.

Jornada de votación

De acuerdo con el TSE, el padrón electoral en 2018 es de 147 millones de electores (3.1 por ciento más que en 2014, cuando eran 143 millones). La mayoría, unas 77 millones, son mujeres (52.5 por ciento). De los 27 estados brasileños, Sao Paulo concentra el mayor número de electores, con más de 33 millones; el segundo estado es Minas Gerais con 15.7 millones y el tercero es Río de Janeiro, con 12.4 millones. En el padrón de brasileños en el exterior se observa un crecimiento de 41.3 por ciento, al pasar de 354 mil a más de 500 mil electores.

De este universo, en la primera vuelta del 7 de octubre votó el 79.7 por ciento (alrededor de 117 millones de ciudadanos); se abstuvieron unos 29.9 millones). Cabe mencionar que en Brasil el voto es obligatorio a partir de los 18 años y es opcional para los jóvenes de 16 y 17 años (que representan solo 0.95 por ciento del electorado).

Como ya lo anticipaban las encuestas, ninguno de los candidatos presidenciales alcanzó la mayoría absoluta (50 por ciento más uno de los votos), por lo que los dos punteros tendrán que enfrentarse en una segunda vuelta el 28 de octubre. Los dos contendientes son Jair Bolsonaro del Partido Social Liberal (PSL), quien obtuvo 46 por ciento de la votación, y Fernando Haddad del Partido de los Trabajadores (PT), con 29 por ciento. Este resultado es síntoma del descontento generalizado de la población con la clase gobernante, descontento que favoreció enormemente a Bolsonaro.

Un elemento adicional en este proceso, que da legitimidad, ha sido la participación de observadores electorales nacionales e internacionales antes de la jornada de votación y durante ella. En específico, hay que mencionar la misión que envió, por primera vez, la Organización de los Estados Americanos (OEA), encabezada por la ex presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla, y conformada por alrededor de 40 miembros, quienes fueron desplegados en la mitad de los estados brasileños.

La misión de la OEA destacó que en la campaña algunas expresiones tuvieron un tono discriminatorio y excluyente, e invitó a que los candidatos rumbo a la segunda vuelta se centraran en hacer propuestas y no en estigmatizar o descalificar a los opositores. Asimismo, reconoció los esfuerzos hechos por el TSE, por algunos medios de comunicación y la sociedad civil, para hacer frente a las noticias falsas que circularon constantemente durante la campaña.

Contendientes de la segunda vuelta

Jair Bolsonaro es un militar retirado de 63 años. Hasta antes de ser elegido candidato presidencial por el PSL, se desempeñaba como diputado federal por séptima ocasión (esta vez por el Partido Progresista). Se afilió al PSL en enero de este año; antes había militado en ocho partidos diferentes. En 1988 fue concejal de Río de Janeiro y en 1990 comenzó su carrera legislativa. Enfocó su campaña a las redes sociales, ya que era el candidato que mejor manejo tenía de estas.

Fernando Haddad es un abogado y doctor en Filosofía de 55 años, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Sao Paulo. Fue alcalde de Sao Paulo y ministro de Educación (2005-2012) durante los mandatos de Lula da Silva y Rousseff. Se afilió al partido que lo propuso, el PT, desde 1983. Enfocó su campaña a mensajes tradicionales y a encuentros personales con sectores estratégicos.

Retos para el próximo presidente

Vastos son los desafíos que enfrentará el nuevo presidente de Brasil, casi tan grandes como el país mismo. En los últimos cuatro años, Brasil ha tenido un pobre desempeño económico, una política muy convulsionada y una sociedad inconforme que se ha movilizado en todos los estados.

La aprobación del gobierno es el mejor termómetro de la apreciación de la ciudadanía sobre la gestión de sus gobernantes. De acuerdo con el informe de Latinobarómetro 2017, Brasil es el país que da el menor nivel de aprobación en la región, seis por ciento en promedio de 2002 a 2017. Nicaragua encabeza el mejor nivel de aprobación, con 67 por ciento (hasta agosto de 2017) y el promedio de México es 20 por ciento para el mismo periodo.

Asimismo, la democracia sufre una crisis de desconfianza. El TSE de Brasil logra apenas un nivel de confianza de 25 por ciento en el periodo 2006-2017, menor que el promedio de América Latina (29 por ciento) y menor también que el nivel de confianza que tiene el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (33 por ciento). El Congreso de Brasil está apaleado por bajos niveles de confianza: en el periodo 1996-2017, llegó apenas a un promedio de 11 por ciento, muy por abajo del latinoamericano, que es 22 por ciento, igual al de México.

Este generalizado desencanto se ha intensificado con la estela de corrupción (como el caso de Lava Jato en 2014), que ha contaminado los ánimos de la población. Esto es notorio en la percepción de la corrupción que mide el índice de Transparencia Internacional, que ubica a Brasil en el lugar 96 de 180 países, con 37 puntos; México ocupa el lugar 135 con 29 puntos (cero puntos es más corrupto, cien significa que no hay corrupción). Sin embargo, según el Latinobarómetro 2017, para los brasileños la corrupción es el principal problema del país, mientras que para los mexicanos aparece como el tercer mayor problema.

Por otra parte, la economía continúa afectada por un real (la moneda brasileña) que no logra recuperarse frente a la divisa estadounidense, además de un pib per cápita de 15,483 dólares, que es menor al promedio del mundo según el Banco Mundial (16,233 dólares), menor también que los más de 40 mil dólares de los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), e incluso menor que los 18,149 dólares del PIB per cápita de México. Además, el desempleo sigue creciendo (en 2016, más de 11 millones de personas buscaban empleo), lo que anula la posibilidad de mejorar los ingresos de los brasileños en el corto plazo.

En 2016 Brasil alcanzó una marca histórica de 62,517 homicidios, de acuerdo con el Atlas de Violencia 2018. Esta cifra equivale a 30.3 por cada cien mil habitantes, más de 30 veces la tasa de homicidios de Europa. En los últimos diez años, la cantidad acumulada de muertos debido a la violencia asciende a 553 mil personas. Asimismo, Brasil es el país con mayor frecuencia de violencia en las calles (59 por ciento), seguido de Paraguay (48), Uruguay (43) y Argentina (43), según mediciones de Latinobarómetro 2017.

Debido a la polarización de la sociedad brasileña, y tomando en cuenta el manejo de la campaña electoral en la primera vuelta, cualquier cosa podría ocurrir en el balotaje del 28 de octubre. Bolsonaro no tiene garantizada la victoria, sobre todo si se considera la persistencia y aumento de los movimientos ciudadanos en su contra. Por lo tanto, quizá como nunca antes, el apoyo de las y los candidatos perdedores será decisivo en la segunda vuelta, así como la participación de otros actores políticos, como el ex presidente Lula da Silva, quien en redes sociales expresó su respaldo a Haddad y señaló que la esperanza vencerá al odio.

* Internacionalista y economista, respectivamente.
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