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sábado 23 de febrero de 2019

Aguas de enero

Pablo Estrada*

Si Marx siempre tuviera razón en ese punto, la Presidencia de Jair Bolsonaro sería una farsa; sin embargo, las acciones de sus dos primeras semanas de gobierno, que no cuesta trabajo percibir como ecos de los gobiernos militares de los años sesenta, setenta y ochenta, han mostrado que se toma muy en serio lo que propuso en campaña. Si no una farsa, ¿Bolsonaro promete una tragedia para Brasil?

Hacia el “nuevo Brasil”

La historia de cómo Jair Bolsonaro llegó a la Presidencia no es novedosa en particular; últimamente, muchos jefes de gobierno en el mundo han recorrido ese camino.1 Los recientes dos gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), encabezados por Luis Inácio “Lula” da Silva (2003-2010) y Dilma Rousseff (2011-2016), y el de Michel Temer (2016-2018) no terminaron bien.

A pesar de que en los inicios de la administración de Lula la economía brasileña tuvo un muy buen desempeño y de que disminuyeron los niveles de desigualdad y de pobreza, a partir de 2007 comenzaron a sentirse los efectos negativos de una recesión. Desde 2001 (salvo 2010, año para el que no hay datos, y 2013, cuando subió), el coeficiente de Gini ha descendido cada año. A partir de 2007 (excepto en 2010, 2013 y 2017), el PIB de Brasil ha crecido menos que el año anterior, en términos reales.2 Eso coincidió con un aumento en las tasas de homicidios, aún a niveles más altos que las de México.3 Además, se descubrió que Lula y un gran número de legisladores de su partido estaban involucrados en casos millonarios de corrupción; incluso, ahora Lula está en la cárcel, por lo que no pudo ser candidato del PT para las elecciones presidenciales del año pasado. Dilma Rousseff, relacionada con otro esquema de corrupción, no pudo concluir su segundo periodo porque el Congreso la destituyó. Sin sus figuras estelares, el pt quedó muy debilitado.

Cuando se convocó a las elecciones presidenciales de 2018, Bolsonaro (oportuna u oportunistamente) ya estaba ahí. Aunque era militar de carrera, en 1989 había comenzado su trayectoria política como concejal de Río de Janeiro. En 1991 llegó a la Cámara de Diputados, y desde entonces en cada una de las siete legislaturas obtuvo un asiento. Desde su primera elección ha militado en nueve partidos distintos. Por sus dichos sobre diversos temas de la agenda pública se le consideró un político marginal, gris o poco serio. Ahora es el presidente de la República.

En los discursos de su primer día de gobierno,4 Jair Bolsonaro presentó el proyecto por el que quiere trabajar (que más o menos coincide con algunas de sus actitudes políticas previas) y que, considera, resolverá “la mayor crisis ética, moral y económica” de la historia. Su propósito es “restaurar y reconstruir nuestra Patria liberándola definitivamente del yugo de la corrupción, de la criminalidad, de la irresponsabilidad económica y de la sumisión ideológica”. Este último componente de su misión se refiere específicamente a dos cosas. Por un lado, el socialismo que implica, según afirma, un “gigantismo estatal” y un sistema escolar para la “militancia política”; de él –dice– salvó al país y vale la pena dar la sangre para hacerle frente. Por otro lado, lo que grupos homófobos llaman “ideología de género” o la “inversión de valores judeo-cristianos”, particularmente los papeles tradicionales del hombre y la mujer y la concepción habitual de la familia. Prometió que acabarán los favores políticos y que se garantizará el derecho a la legítima defensa. También, insiste mucho en que está respondiendo a lo que quieren los brasileños; que él “atendió el llamado popular y forjó el compromiso de colocar a Brasil encima de todo y a Dios encima de todos”. Para ello, cuenta con “un equipo de ministros técnicos y capaces de transformar” al país.

En su primera quincena como presidente (tomó posesión del cargo el 1º de enero), Bolsonaro se ha tomado muy en serio sus palabras y ya ha dado pasos claros para que sean realidad. Por ejemplo, la Secretaría de Educación Continua, Alfabetización, Diversidad e Inclusión del Ministerio de Educación (encargada de incorporar al sistema educativo formal a grupos raciales generalmente excluidos de él y de luchar mediante la educación contra esa segregación) ahora será la Subsecretaría de Modalidades Especializadas. De este modo, el Ministerio ya no velará por la integración, sino que buscará “formar ciudadanos preparados para el mercado de trabajo [… y dejar de] invertir en la formación de mentes esclavas de ideas de dominación socialista”, según lo puso el presidente en Twitter.

Por otro lado, el Ministerio de Agricultura es el nuevo responsable de definir y verificar que se respeten los límites de los territorios indígenas. Sin embargo, los agricultores frecuentemente han tenido conflictos con los indígenas por límites territoriales; el que ahora su ministerio los delimite ha aumentado la preocupación de que los derechos indígenas peligren, además de los riesgos para la deforestación del Amazonas.5

En cuanto a seguridad, buscará aumentar la posesión de armas de fuego al facilitar los requisitos y trámites para que los ciudadanos sin antecedentes penales las porten, permitir que los policías disparen a matar siempre que lo consideren necesario y no abrir investigaciones cuando eso pase. Además de la ineficacia de ese tipo de medidas, como lo ilustra la experiencia de Estados Unidos, la propuesta ha revivido el miedo a una de las características más comunes de un gobierno militar: el abuso impune de la fuerza pública.

Un palo, una piedra, ¿el final del camino?

Bolsonaro tiene el propósito de transformar a Brasil. Lo mismo tenían en mente los militares golpistas de 1964, que, tras veintiún años de gobernar, no lo consiguieron. Entre los países americanos y europeos que vivieron transiciones desde regímenes autoritarios en los años ochenta y noventa, Brasil resalta porque los civiles que sucedieron a los militares tuvieron que reanimar, en lugar de reconstruir o reinventar, las instituciones democráticas de años anteriores. Este no es el lugar para analizar por qué fracasó ese aspecto del proyecto autoritario,6 pero sí para revisar algunos de los obstáculos que enfrentaron los militares y otros gobiernos democráticos, que podrían persistir para Bolsonaro.

En primer lugar, la preservación del apoyo con el que llegó el nuevo presidente (46 por ciento y 55 por ciento en cada una de las vueltas electorales) está condicionado a que efectivamente entregue resultados constantes. En los años cincuenta, los presidentes Getúlio Vargas, Juscelino Kubitschek y Jâino Quadros, que en algún punto fueron muy populares, confiaban en las “masas urbanas como un agente político decisivo” que, implícitamente, no retirarían su apoyo una vez dado.7 No fue así. Ante un mal desempeño económico y medidas que los ciudadanos juzgaron insuficientes, no llegó la respuesta esperada a los llamados de apoyo popular en momentos personal o políticamente críticos para los presidentes.

Una posible explicación de lo anterior es que los partidos en Brasil son débiles, problema bastante serio en un sistema político. Entre otras cosas, los partidos agregan los intereses y necesidades de los ciudadanos, lo que ayuda a formar e implementar agendas de gobierno, a tener cierta responsabilidad y rendición de cuentas, y a mantener algo de consistencia en el interior de un mismo gobierno y entre gobiernos del mismo partido. Sin ellos, la relación entre gobernantes y gobernados puede ser precaria, como una especie de subasta a quien ofrezca más. Vargas, Kubitschek y Quadros conocieron las consecuencias de ello; Bolsonaro está sujeto al mismo plebiscito.

Otro síntoma relacionado con la debilidad de los partidos es la recurrente fragmentación de la Cámara de Diputados. Por ejemplo, en 1962 (última elección antes del golpe), ningún partido alcanzó 30 por ciento de los asientos.8 Esto forzaba a que tuvieran que buscarse alianzas no siempre ideológicamente coherentes y que era difícil sostener. Los militares intentaron controlar este problema al crear dos partidos nuevos y temporalmente prohibir todos los demás. Con el regreso de la democracia, la fragmentación se acentuó. La Legislatura que se eligió con Bolsonaro tiene una representación de 30 partidos, de los cuales solo dos, el PT y el Social Liberal (que postuló a Bolsonaro), a duras penas rebasan diez por ciento de los asientos cada uno.

Buscar aliarse con quien sea es una respuesta posible al problema de no tener los votos suficientes para que el partido gobernante apruebe la legislación que necesita. Otra opción es comprar votos de diputados de otros partidos, lo que ya intentó el PT y así provocó su primer escándalo de corrupción (el Mensalão, descubierto en 2005). Los gobiernos autoritarios también trataron de acabar con las redes clientelares que pasaban por legisladores y por gobernadores estatales.9 Sin embargo, en los últimos años de las administraciones militares se recurrió a esas redes cuando, tras las elecciones de 1974, un buen desempeño económico y las armas fueron insuficientes para que los candidatos progobierno tuvieran resultados aceptables, a lo que se sumó la incapacidad del ejército y de los partidos oficiales para procesar los intereses de los brasileños.10

Y los gobiernos democráticos también han tenido su buena dosis de corrupción: Fernando Collor de Melo (1990-1992) enfrentó un juicio político por acusaciones de corrupción, ante lo que renunció; Lula está en la cárcel por corrupción; los diputados destituyeron a su sucesora, Dilma Rousseff, por corrupción; y la fiscalía imputó al presidente sustituto, Michel Temer, por corrupción. No sería extraño que un legislador o empresario exigiera de Bolsonaro algún comportamiento corrupto para que pudiera gobernar.

Además de recurrir a los sobornos y esperar que nadie se dé cuenta, ¿qué podría hacer el nuevo presidente de Brasil para tener éxito en su proyecto? Dados sus comentarios favorables al régimen militar y la poca importancia que les da a las posibles afectaciones de derechos de muchas personas (mujeres, indígenas, homosexuales, víctimas de abusos policiacos, etc.), poco a poco podría adoptar gestos autoritarios: cerrar el diseño de políticas públicas a la participación pública (o permitirla únicamente a sus aliados), reprimir con violencia las manifestaciones en su contra y atacar físicamente a sus opositores, restringir aún más derechos o limitar los poderes del Legislativo. Alternativamente, podría buscar el fortalecimiento de los partidos políticos, negociar con diputados y senadores, y tener diálogos abiertos con todos los ciudadanos. Esto es poco probable porque no ha dado señales de que le importen mucho las prácticas democráticas, excepto cuando se trate de escuchar a ciudadanos cuya voluntad, según dice, comparten con él. Como lo muestra la propia historia brasileña, esto suele ser un paso firme en dirección de la tragedia.

Se verá si las aguas del nuevo gobierno no terminan trayendo como promesa de la nueva vida el cierre de la democracia.

* Licenciado en Política y Administración Pública por El Colegio de México. Maestro en Democracia y Gobernanza por la Universidad de Georgetown.
1 Para los siguientes dos párrafos me baso en Bryan McCann, “Brazil’s new right”, Dissent, vol. 63 (2018), núm. 2, págs. 114-121; Fernando Jasper, “Não digam que Bolsonaro não avisou”, Gazeta do Povo, 21 de septiembre de 2018; Wendy Hunter y Timothy Power, “Bolsonaro and Brazil’s illiberal backlash”, Journal of Democracy, vol. 30 (2019), núm. 1, págs. 62-82; Travis Waldron, “Brazil is about to show the world how a modern democracy collapses”, The Huffington Post, 2 de enero de 2019, y varios artículos de prensa.
2 Datos del Banco Mundial.
3 30.5 asesinatos por cada cien mil habitantes en 2016 contra, por ejemplo, 18.5 en México en 2013. [Daniel Cerqueira (coord.), Atlas da violência 2018. Río de Janeiro: IPEA-FPSB.]
4 Un discurso en el Congreso, con el que formalmente tomó posesión del cargo, y otro en la sede de la Presidencia, donde recibió la banda. Cito ambos indistintamente tomando como referencia los textos publicados en la página de la Presidencia (http://www2.planalto.gov.br). Todas las traducciones son mías.
5 En un tuit del 2 de enero, Bolsonaro trató de justificar esa medida: “Más de 15 por ciento del territorio nacional se identifica como tierras indígenas y quilombola [comunidad de descendientes de esclavos]. Menos de un millón de personas viven en estos lugares aislados del Brasil de verdad, explotadas y manipuladas por ong. Juntos vamos a reintegrar a estos ciudadanos y a valorar a todos los brasileños”.
6 Véanse los estudios clásicos de Guillermo O’Donnell y Phillipe Schmitter (1986), Transitions from Authoritarian Rule. Tentative Conclusions about Uncertain Democracies. Baltimore: The Johns Hopkins University Press; Frances Hagopian, Traditional politics against State transformation in Brazil, en Joel Migdal, Atul Kohl y Vivienne Shue (eds.), State Power and Social Forces. Domination and Transformation in the Third World. Nueva York: Cambridge University Press; y Juan Linz y Alfred Stepan, Crises of efficacy, legitimacy, and democratic State ‘presence’: Brazil, en id. (1996), Problems of Democratic Transition and Consolidation. Southern-Europe, South America, and Post-Communist Europe. Baltimore: The Johns Hopkins University Press.
7 Bolívar Lamounier (1998). Brasil: ¿hacia el parlamentarismo? En Juan Linz y Arturo Valenzuela (comps.), Las crisis del presidencialismo. 2. El caso de Latinoamérica. Madrid: Alianza, trad. Adolfo Gómez Cedillo, págs. 133-190.
8 Datos de la sección de resultados electorales de Brasil en la Political Database of the Americas (http://pdba.georgetown.edu/Elecdata/Brazil/brazil.html).
9 Eduardo Mello y Matias Spektor analizan la relación entre multipartidismo y corrupción en “Brazil: The costs of multiparty presidentialism”, Journal of Democracy, vol. 29 (2018), núm. 2, págs. 113-127. Durante su gobierno, Lula expandió un programa de su predecesor, de entrega condicionada de dinero a familias pobres. Aunque sus opositores lo criticaron por ser un instrumento para la compra de votos, no hay evidencia de que los beneficiarios de Bolsa Família (la mayoría de los cuales sí mejoraron notablemente su situación económica) hayan votado desproporcionadamente por Lula. Véase Simone Bohn, “Social policy and vote in Brazil: Bolsa Família and the shifts in Lula’s electoral base”, Latin American Research Review, vol. 46 (2011), núm. 1, págs. 54-79.
10 Frances Hagopian, art. cit., págs. 39-40.
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