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sábado 24 de agosto de 2019

4-Trump

Pablo Estrada*

En junio de 2015, Donald Trump anunció su intención de ser candidato del Partido Republicano (PR) en las elecciones presidenciales de 2016. Poca gente lo tomó en serio. Durante la precampaña y campaña, muchos lo vieron como poco más que una caricatura: un empresario con negocios cuestionados, intelectualmente limitado, que con frecuencia hacía declaraciones racistas, xenófobas y misóginas, sin experiencia electoral no sería competencia para casi cualquiera de las otras 16 personas que también buscaban la candidatura y tenían una carrera política, como Marco Rubio, John Kasich o Ted Cruz.

En junio de 2019, Donald Trump anunció su intención de buscar la reelección para ser presidente hasta 2024. Ahora, no sólo no es descabellado pensar que podría ganarla, sino que su legado en el sistema político estadounidense podría perdurar bastante más tiempo del que pase en la Casa Blanca, incluso si se quedara sólo hasta 2020.

¿En serio Trump?

En su momento, la victoria del neoyorquino fue muy sorprendente. Incluso el día de la jornada electoral siete encuestadoras daban una ventaja cómoda al Partido Demócrata (PD), con Hillary Clinton.1 Con la distancia de casi tres años, puede verse que lo fundamental en el éxito electoral de Trump fue la promesa de regresar a los trabajadores de “cuello azul”, a la clase media y al estadounidense promedio lo que busca cualquier persona cuando participa en política: su dignidad.2

Muchos ciudadanos compartían un diagnóstico desalentador de la presidencia de Barack Obama. En algunos casos, sobre todo la clase trabajadora, se sentían traicionados porque, a sus ojos, la forma de atender la recesión económica que comenzó en 2008 parecía tener como prioridad a los bancos y otras instituciones financieras de Wall Street,3 mientras que muchos abandonaban sus casas al no poder pagar las hipotecas o las fábricas cerraban y debían buscar dos trabajos de tiempo completo para pagar sólo las cuentas de luz y agua.4 Trump prometió luchar contra Wall Street y los privilegios de las élites financieras de Estados Unidos, obtenidos a costa de los trabajadores.

Otros estadounidenses sentían que Obama estaba yendo demasiado lejos. Consideraban que su reforma al sistema de salud y otras acciones redistributivas eran socialistas; que los “expertos” en diseñar las políticas públicas trabajaban en realidad para las grandes empresas y otros “intereses especiales ocultos”; que los desempleados o inmigrantes ilegales no merecían que se gastaran recursos públicos en ellos porque no pagaban impuestos y, en última instancia, que el país estaba en decadencia.5 Eran conservadores, pero sentían que el PR, al que solían apoyar, no estaba cumpliendo sus expectativas. Posteriormente, se identificaron como el Tea Party. Trump prometió poner a Estados Unidos y a sus ciudadanos como prioridad en cualquiera de sus decisiones.

El intento de cumplir la promesa de regresar la dignidad perdida a los ciudadanos (algo positivo) se llevó a cabo de un modo sumamente pernicioso: Trump demostró ser un candidato y un presidente que no piensa, en el sentido de ser capaz de examinar y reflexionar sobre los hechos en un diálogo con sí mismo, lo que permite distinguir lo correcto de lo que no lo es.6 Por ejemplo, tras el asesinato de Heather Heyer en Charlottesville en 2017 durante una manifestación anti racista, Trump sólo comentó que había “algunas personas muy malas en ese grupo [de manifestantes racistas], pero también había personas que eran muy buenas, en ambos bandos.” Durante la campaña llamó “violadores” a los mexicanos. Ha callado a reporteros en público o se ha burlado de su apariencia física. Cuando una mujer hace un comentario que no le parece, le responde de forma sexista. Y aparenta no tener problema en hacer declaraciones con datos falsos o inventados.

Un presidente que no condena la violencia racial, que con su actitud limita el ejercicio periodístico, denigra a los demás y decide a conveniencia la verdad, no ayuda a la democracia. Por eso, la academia ya lo ha identificado directa o indirectamente como una amenaza al liberalismo democrático.7 Pero eso no importó a tanta gente, de modo que ganó la elección de 2016 y piensa hacer lo mismo en 2020.

La cuarta transformación de Trump

Con su victoria electoral y durante sus primeros meses en el gobierno, Trump hizo algo que ha ocurrido apenas por cuarta vez en la historia del país: cambió las alianzas electorales que suelen apoyar a los partidos políticos. En parte, gracias a su discurso de campaña anti Wall Street y anti globalización, consiguió el apoyo de la clase trabajadora, que tradicionalmente votaba por los demócratas. En sus primeros meses algunos empresarios, por lo regular cercanos al PR, se extrañaron de esas posturas, pero calmaron sus preocupaciones cuando la reforma fiscal les dio grandes exenciones de impuestos. Todos ellos se sumaron al Tea Party y a otros grupos racistas o xenófobos –la base del apoyo electoral y político de Trump.8

En el discurso donde anunció que buscaba la reelección,9 Trump reiteró los temas que le dieron la victoria en 2016: luchar contra la corrupción del establishment político, regresar la dignidad a los ciudadanos y sacar los intereses económicos del gobierno. Además, reiteró las “circunstancias que ningún presidente había enfrentado antes” durante sus primeros años de gobierno, refiriéndose a la “cacería de brujas” contra él por su posible involucramiento con el gobierno ruso para alterar los resultados de la elección de 2016. Como muestra de que todo está bien, apuntó hacia la economía, en particular a los “niveles históricos de desempleo” y que “ha hecho más que ningún otro gobierno durante sus primeros dos años y medio”.

El desempeño de Trump, en especial en la economía, que suele presentar como su carta fuerte, es muy discutible. En efecto, en abril de 2019 la tasa de desempleo fue de 3.6%, la más baja desde 1969. Pero, al acercarse a la cantidad de trabajos mensuales que se crearon en mayo de 2019 (75,000), representa la tercera más baja de todo el gobierno actual; además, en los próximos meses podrían verse cifras que apunten a una pérdida del impulso en la recuperación económica.10 Algunos de los empleos nuevos que Trump ha anunciado a los cuatro vientos no se han concretado, son temporales, ocurrirán pero en menor cantidad o llegarán en un futuro incierto.11 Además, su muy usada estrategia de imponer aranceles o amenazar con hacerlo puede tener efectos negativos para los consumidores estadounidenses, en particular por un alza de precios. De igual manera, a pesar de que se anuncia como un gran negociador, en el ámbito político parece no serlo: le ha costado mucho trabajo pasar sus propuestas legislativas, incluso con la mayoría en ambas cámaras durante casi dos años, lo cual llevó a que en diciembre de 2018 el gobierno se quedara sin presupuesto y que Trump no haya conseguido los recursos deseados para construir el muro en la frontera con México.

Las elecciones serán hasta noviembre de 2020, es posible que en esos más de doce meses la economía pierda dinamismo, Trump siga (o aumente) su discurso xenófobo y sus pleitos con los medios y las verdades fácticas continúen tratándose como algo opcional. Esto podría reflejarse aún más en la ya baja tasa de aprobación del presidente (42.5%) tras treinta meses en el gobierno (cifra no muy lejana de las que tuvieron en el mismo periodo Obama [45.7%], Clinton [47.7%] o Reagan [46.8%], todos los que ganaron la reelección).12 Lo anterior, que se esperaría jugara a favor de los demócratas, podría no traducirse en un triunfo electoral para ellos. Trump está en la Casa Blanca y buscará quedarse allí no por su destreza en la administración económica o su ética como servidor público, sino porque aprovechó las fallas ya crónicas de los demócratas para hacer una nueva coalición social alrededor de su proyecto y del Partido Republicano.

… porque están como ausentes

La aparente realineación del Partido Republicano tiene dos implicaciones para los demócratas. Por una parte, la necesidad de reinventarse verdaderamente antes de la elección de 2020. Por otra, los alcances de su eventual victoria en esos comicios.

Al menos desde 1930, los votantes del PR han tendido a ser blancos, hombres, de ingresos más altos y religiosos.13 Estos rasgos (a los que se les suma un nacionalismo muy militante con trazos racistas) se han acentuado con Trump y el Tea Party. Pero el PR ahora incluye a un grupo que por tradición votaba por los demócratas: los trabajadores de “cuello azul” o industriales sin educación universitaria que están preocupados por su propio futuro financiero.14 El rompimiento de ellos con los demócratas posiblemente comenzó desde los años setenta. Entonces, el partido habría comenzado a voltear hacia personas con educación universitaria y a “minorías” (negros, mujeres, hispanos…) para definir su agenda, a costa de los intereses del “estadounidense promedio”.15

Lo que tiene que hacer el PD para ser una alternativa política realista frente a Trump en 2020 no es presentar una plataforma coherente y bien articulada, sino buscar reincorporar a quienes le dieron apoyo electoral durante muy buena parte del siglo XX y que ahora están del otro lado. Esto, por supuesto, sin alienar a las muy visibles y activas “minorías” que son parte esencial de la realidad social y política de Estados Unidos en el siglo XXI. Los debates en junio entre los precandidatos presidenciales demócratas no parecen haber mostrado alguna idea que vaya en esa dirección.

Al mismo tiempo, los demócratas deberían preguntarse para qué querrían la victoria. Trump y su base parecen estar cambiando la forma en la que se hace política en Estados Unidos. Incorporaron como elemento central del discurso político convencional de que el gobierno dejara de favorecer los intereses de las grandes empresas para enfocarse en lo que los ciudadanos necesitan. Y también han mostrado que las políticas “neoliberales” (libre comercio, salvar a las grandes empresas nacionales antes que a las pequeñas locales, apuntalar el sistema financiero) han dejado perdedores que reclaman atención. Al menos un think tank cercano al PR, el Economic Innovation Group, ya trabaja con propuestas de política pública en esa línea.16 La portada de la revista Time de la última semana de octubre de 2018 es muy ilustrativa: mientras los demócratas no piensen cuál es su contribución sustancial para todos los estadounidenses que están en esa situación, aunque Trump deje la Casa Blanca en 2024, su legado se quedará aún por un buen rato.

* Licenciado en Política y Administración Pública por El Colegio de México. Maestro en Democracia y Gobernanza por la Universidad de Georgetown.
1 Maya Rhodan y David Johnson. “Here are 7 Electoral College predictions for Tuesday”. En: Time, 8 de noviembre de 2016.
2 Sobre la dignidad humana y la participación política, véase Hannah Arendt, La libertad de ser libres. Trad., de Teófilo de Lozoya y Juan Rabassola. Madrid: Taurus. 2018, pp. 31-40.
3 Como senador, Obama apoyó una de las primeras medidas mitigadoras, el Programa de Recuperación de Activos Dañados del presidente Bush, con el que se evitó el quiebre de bancos y otras instituciones financieras de Wall Street. Además, su director del consejo económico nacional, Larry Summers, fue socio del fondo de inversión D.E. Shaw & Co., y colaboró con Goldman Sachs o JP Morgan Chase. Theda Skocpol y Lawrence Jacobs, “Accomplished and Embattled: Understanding Obama’s presidency”. En: Political Science Quarterly, vol. 127 (2012), núm. 1, pp. 1-25 (pp. 9-10).
4 George Packer, The Unwinding. An Inner History of the New America. Nueva York: Farrar, Straus & Giroux. 2013, pp. 277-430.
5 Theda Skocpol y Vanessa Williams, The Tea Party and the Remaking of Republican Conservatism, 2ª ed. Nueva York: Oxford University Press. 2016, pp. 45-82.
6 La definición de pensamiento está en Hannah Arendt, “Thinking and Moral Considerations”. En: Responsibility and Judgment, ed. de Jerome Kohn, Nueva York: Schocken Books, 2003, pp. 159-189.
7 Por ejemplo, Patrick Deneen, Why Liberalim Failed, 2ª ed. New Haven: Yale University Press, 2019; Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, How Democracies Die. Nueva York: Crown, 2018; David Runciman, How Democracy Ends. Nueva York: Basic Books, 2018.
8 Adam Tooze. “Trump”. En: Crashed. How a Decade of Financial Crises Changed the World. Nueva York: Viking, 2018, pp. 564-599.
9 El discurso es del 18 de junio. Disponible en:https://www.youtube.com/watch?v=MEqINP-TuV8
10 Nelson D. Schwartz. “A weak jobs report poses a new challenge to Trump: a slowing economy”. The New York Times, 7 de junio de 2019.
11 Una revisión de todas las promesas de aumentos de empleos que ha hecho Trump está en Daniela Porat, Lena Groeger e Isaac Arnsdorf. “What happened to all the jobs Trump promised”. ProPublica, 7 de mayo de 2019.
12 Datos del concentrado de encuestas de opinión del presidente de FiveThirtyEight:https://projects.fivethirtyeight.com/trump-approval-ratings/
13 Sandy Maisel. American Political Parties and Elections. A Very Short Introduction, 2ª ed. Nueva York: Oxford University Press, p. 83.
14  Adam Tooze, op. cit., p. 576.
15 George Packer. “Hillary Clinton and the Populist Revolt”. The New Yorker, 31 de octubre de 2016.
16 Sam Tanenhaus. “How Trumpism will outlast Trump”. Time, 11 de octubre de 2018.
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