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lunes 22 de julio de 2019

30 años después

Álvaro Arreola Ayala*

De la mano, la política y las elecciones se acompañan en cualquier democracia. La relación se mantiene a lo largo del tiempo básicamente porque ambos espacios se entrecruzan y nos explican históricamente cómo se llega,  se ejerce y se pierde el poder. En pocas palabras, cómo gobiernan aquellos que han sido elegidos por el pueblo.

En los estados modernos, ningún fenómeno político es tan común como el de las elecciones; es decir, las elecciones representan el resultado democrático de una sociedad determinada. El grado de libertad, de efectividad y transparencia en su realización sirve para clasificar a los pueblos del mundo. Sin duda, el México electoral no es un ejemplo de calidad democrática. A pesar de que no se han interrumpido los comicios para elegir poderes públicos en más de 100 años, nos distinguen más los procesos espurios: el fraude electoral y la intervención ilegítima a través de inyecciones de recursos públicos, controles corporativos, compra de votos o clientelismo, entre otras transgresiones cometidas por actores ajenos a ellos, como gobiernos, sindicatos, empresarios, medios masivos de comunicación, etcétera. Está ampliamente documentado que durante muchos años nuestros comicios federales o locales han sido cuestionados por su falta de equidad y transparencia. En muy pocos casos, se reconoce al candidato triunfador de manera unánime y de forma incuestionable. En las últimas cuatro décadas, los comicios se convirtieron en el mejor termómetro para medir el avance o retroceso democrático del Estado mexicano. Múltiples reformas constitucionales y legales, más algunos procesos electorales federales o locales, dejan constancia de la singular relevancia que las elecciones han tenido. Han sido, quizás, hasta hoy, el pilar sustantivo de la política mexicana durante 40 años: desde la reforma política electoral de 1977 hasta las recientes elecciones nacionales y estatales de 2018 y 2019. Los escenarios que hemos observado a lo largo de estos años son complejos: la concurrencia y competencia política regional; el constante cambio legal de las normas para acceder al poder; las alternancias democráticas en algunos estados y municipios de la República; el paso de un modelo de partido de Estado al modelo bipartidista que consolidaron desde 1990 el pri (Partido Revolucionario Institucional) y el pan (Partido Acción Nacional), es decir, un modelo en donde dos partidos fueron susceptibles de practicar unas políticas muy parecidas en el fondo. En el último trienio no debemos perder de vista el notable y franco declive de los partidos más tradicionales, como lo son el pri, pan y prd (Partido de la Revolución Democrática). Falta espacio para recapitular sobre los comicios mexicanos. Lo que es un hecho incuestionable dentro de la sociología y la historia es que periódicamente en México observamos cómo la ciudadanía refrenda o retira su confianza a los hombres y partidos a quienes ha delegado en un momento el ejercicio de la soberanía. Quizás el fraude electoral histórico ha impedido familiarizarnos más con el fenómeno natural de la alternancia política. Cuando éste ocurre, se revalorizan los procedimientos democráticos y los casos en donde ocurre se vuelven objetos preciados de análisis.

Por ejemplo en 1989, el estado de Baja California se convirtió en la entidad más importante de la República mexicana. La razón fue política y electoral: en las elecciones realizadas el 2 de julio de ese año, se logra por primera vez que el cargo público más importante en una disputa política, la gubernatura, se le reconozca al candidato opositor al entonces hegemónico gobierno priista, omnipresente en el poder de la entidad. El Partido Acción Nacional y su candidato Ernesto Ruffo Appel, son ganadores no sólo por acudir a la instancia que decidía todo en materia político-electoral en México, el presidente de la República, sino por  haber obtenido más votos, por demostrar, con las actas finales de escrutinio, su triunfo, derivado de la enorme movilización popular a su favor. Las consecuencias del hecho son conocidas: la primera alternancia se presentó de manera acrítica como el inicio de la transición democrática mexicana. El pan exige y se le reconoce desde entonces ser la oposición al régimen priista. Las dos fuerzas, pri y pan, se convierten en aliados políticos para impulsar, por interés común, todo tipo de reformas constitucionales y legales en materia de política pública.

Por ello, repito, entender la política y las elecciones es comprender cómo y de qué manera los hombres luchan, alcanzan y mantienen el poder. Así, los relevos políticos que suceden en cada elección son muestra de una manera particular de practicar la política. Es decir, en México, como en cualquier otro territorio donde el poder político se alcanza a través de los comicios, la política refleja un determinado desarrollo de la democracia, una manera particular de representación y un modelo especial de relación entre los gobernantes y los gobernados.

Treinta años después, el 2 de junio de 2019, Baja California nuevamente sorprende a todos los mexicanos. Una coalición partidista, integrada por los partidos políticos de Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), pt (Partido del Trabajo), pvem (Partido Verde Ecologista de México) y Transformemos, autodenominada “Juntos Haremos Historia por Baja California”, opositora al gobierno hegemónico del pan, que había permanecido en el Poder Ejecutivo estatal tras haber alcanzado la victoria en cinco elecciones sucesivas, obtiene el triunfo total de los cargos en disputa: gubernatura, ayuntamientos y diputados locales de mayoría relativa. Los aliados de “Juntos Haremos Historia” encabezados por Morena, partido que obtuvo su registro legal apenas en 2014, arrasan con todos y cada uno de los cargos en disputa (véase los tres cuadros que acompañan este artículo). Es muy simple entender el resultado en Baja California: la ciudadanía, como sucedió 30 años atrás, decidió instalar en el poder a un nuevo equipo de gobernantes.

La elección reciente constituyó una respuesta a una determinada política panista, que según especialistas, habría derivado en un gobierno corrupto y en la amplitud de la desigualdad social. Los nuevos aliados hablan de reestablecer la libertad ciudadana; demandan voto libre y desarrollo económico, además de austeridad del gobierno, transparencia y fin de la corrupción. El triunfo de Morena y sus aliados se entiende también por el desgaste del panismo, que no logra en 30 años crear cuadros políticos propios. Quienes llegan a los diferentes gobiernos panistas como funcionarios no son, en su mayoría, militantes del partido, sino tecnócratas y empresarios dispuestos no a servir, sino a participar de la corrupción que gradualmente fue incrementándose en el interior de los gobiernos panistas.1

El triunfo de Jaime Bonilla y los candidatos a los ayuntamientos y congreso local, debe entenderse también por la inercia de la pasada elección presidencial, donde triunfa Andrés Manuel López Obrador. En Baja California no se requirió, a lo largo de la campaña, inundar todo el territorio estatal de propaganda a favor de la coalición triunfadora. El efecto nacionalizador del nuevo titular del Ejecutivo Federal fue una realidad en esta elección. En el vocabulario político de Mexicali, Tecate, Tijuana, Playas de Rosarito y Ensenada, se consideraba incuestionable, desde varias semanas previas a la elección, la victoria de Morena y sus candidatos.

Otra razón para entender la derrota del panismo y sus aliados como el pri y el prd en elecciones locales realizadas en los últimos tres  años, es que los tres se han desdibujado del mapa electoral. Si sólo se revisaran los indicadores básicos, las cifras electorales de los últimos tres años, la triada de partidos sufren “las tres Des”, de las que habla el estadounidense Aldrich: Decaimiento, Declive y Descomposición partidaria.2  En la confusión que viven esos partidos, las consecuencias de tanta irresponsabilidad son claras para nuestro sistema político: 1) un déficit de la representación democrática. Será un hecho en estos procesos electorales por venir un mayor distanciamiento de la sociedad respecto de ellos o de la política en general. 2) ilegitimidad del procedimiento democrático. Las expectativas que los individuos o ciudadanos en su conjunto proyectan sobre la representación se verán defraudadas en muchas regiones del país, por la acción de sus representantes. En muchas entidades federativas no se reconocen en la decisión de éstos, y ello suscitará, inevitablemente, dudas sobre el sentido de los procesos electorales.

En lugar de remediar por separado sus déficits históricos y comenzar a reformar y reestructurar sus procesos organizativos y decisorios internos, los priistas, panistas y perredistas se ven envueltos en la depresión política.

Las cifras finales asentadas en las actas distritales de Baja California son rotundas: Morena, sin aliados, sólo como partido, podría haber derrotado a cualquier contrincante partidista o independiente en las elecciones para elegir diputados locales; la suma de los votos de los candidatos perdedores a la gubernatura, no habrían derrotado en alianza a Jaime Bonilla, y en los ayuntamientos, sólo el candidato del prd en Tijuana, Julián Leyzaola, exsecretario de Seguridad Pública de Tijuana, logró un apoyo popular significativo que lo situó en el segundo lugar de la contienda municipal. En los otros cuatro municipios, la victoria de la Coalición encabezada por Morena, aniquiló a sus oponentes. En Mexicali, Tecate y Playas de Rosarito, el triunfo correspondió a tres mujeres: Marina del Pilar, Zulema Adams y Araceli Brown, respectivamente.

La baja participación ciudadana (30%) es explicable. En primer lugar, no es desconocido que desde la década de los noventa el promedio en las elecciones locales era del 65% de abstención. En las elecciones federales, Baja California se situó siempre por debajo de la media de participación nacional, estando en niveles del 45% de participación. ¿Las causas? Migración, fraudes electorales, urbanización, etcétera. Pero sin duda, algo más: en nuestros días, es imposible captar diferencias doctrinales de los partidos. La vida política se simplifica cada vez más. La tendencia de los gobernantes priistas y panistas fue la de encerrar la opinión de los ciudadanos en un solo dilema: estar a favor o en contra de ellos, sin tercera solución, como no fuese la abstención. La evolución hacia un modelo electoral sin fraude, plural, incluyente y proclive al registro de nuevos organismos partidarios locales o nacionales, será un motivador natural a la participación.

En conclusión, las elecciones en Baja California son singulares por la no intervención de los poderes federales y locales. Se realizaron en un ambiente de tranquilidad y libertad inédito, sin irregularidades de importancia. Se rompió el bipartidismo que caracterizaba a esta entidad federativa. Finalizan 30 años consecutivos de gobiernos del Partido Acción Nacional. El Partido Revolucionario Institucional fue relegado a ser la quinta fuerza política en el estado, sólo por arriba del Partido Baja California (pbc), de registro local. La Coalición “Juntos Haremos Historia por Baja California”, encabezada por el complejo partido Morena, resulta la gran triunfadora, derrotando a las fuerzas partidarias tradicionales. La política (nuevos gobernantes) y las elecciones (alternancia y gobernados) seguirán de la mano en la historia local y nacional.

* Sociólogo e historiador. Profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y del Instituto de Investigaciones Sociales de la unam.
1 Entrevista a Ernesto Ruffo. Tijuana, Baja California, 30 de mayo de 2019.
2 J. H. Aldrich (1995), Why parties? The Origin and Transformation of Political Parties in America, Chicago: University of Chicago Press.
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